"Si tu pálido rostro que acostumbra a enrojecer ligeramente bajo los efectos del vino o la alegría, arde de cuando en cuando de vergüenza al leer lo que aquí está escrito; cual bajo el resplandor de un alto heno, entonces, tanto mejor para ti. El mayor de los vicios es la ligereza; todo lo que llega hasta la conciencia es justo."

sábado, 19 de septiembre de 2009

Rómpeme el corazón y no vuelvas


  No hagas como siempre, mátame y esta vez no vuelvas. No dejes que mis ojos ciegos crean en tu mirada, no dejes que mi corazón estúpido confíe en
vos una vez más.
  No sigas con esto. Termina con esta agonía y rómpeme el corazón una vez más, pero no vuelvas.
  No esperes mas tiempo porque cuanto mas tiempo pasa, mas te amo y te sufro. Rómpeme el corazón, pero que esta vez sea la última.                     
  Rómpeme el corazón y no vuelvas.
  Déspreciame.
  No permitas que caiga rendida a tus pies como siempre. No permitas que te encuentre.
  Dale fin a esta historia porque yo no puedo. Sinceramente, no puedo.   Me niego a no tenerte. Me niego a no sentirte.
 Rómpeme el corazón. No me sigas matando lentamente.
  Déstrozame como siempre, pero esta vez no vuelvas para rearmarlo. Ya no se puede.No sigas pisotéandome. No sigas jugando conmigo.
  Rómpeme el corazón de una vez y para siempre.

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El tiempo real no tiene ninguna división en absoluto, avanza inexorablemente a la medianoche, el ayer no pasó con un tac al hoy. Nadie puede indicar el punto exacto de la medianoche y, si no es preciso, ¿cómo puede ser la medianoche?. Tampoco sentimos el hoy como junto al ayer, como se le representa en un calendario. Reducido al espacio, el tiempo parece mas controlado; pero sólo lo parece, pues el tiempo real, indivisible, nos conduce a la muerte real. -Walter Ong-

Imagen: "La persistencia de la memoria" - Salvador Dalí - 1931

viernes, 11 de septiembre de 2009


El ojo nos permite ver, contemplar las cosas que vamos haciendo, nos invita a encontrarnos y dialogar sin decir una sola palabra, poder elegir en que lugar detener nuestras miradas.¡Ojo, eh! ¿Ojo con qué? ¿Ojo? ¿Qué raros que son los ojos, no? ¿Por qué no puedo dejar de mirarlos o de maravillarme espejadamente frente a ellos? ¿Por qué no puedo comprenderlos? ¿De que estarán hechos? ¿Cómo es que se insertan y ubican en esa cavidad?Pregunta… ¿son los ojos la única parte de nuestro cuerpo que tiene la hermosa posibilidad de ver, de buscar, de reflejar un paisaje jamás contemplado? Infinitos parpadeos en busca de múltiples deseos. Ojo latente, ojo amigo, los ojos del pueblo, los ojos enamorados, los ojos de la memoria, los ojos del que mira. Dice Perrota: ” La vista es uno de los cinco sentidos con el que comprendemos el mundo que nos rodea para desenvolvernos en él. ¡Ojo, eh! traza un recorrido por las obras que integran esta exposición, nos invita a encontrar y sorprendernos observando los distintos universos creados por los demás.
*La imagen es tomada de la escena de la película "Un perro andaluz" dirigida por Luis Buñuel, del año 1929.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Jacqués Pevert - Las hojas muertas


Oh, me gustaría tanto que recordaras
Los días felices cuando éramos amigos...
En aquel tiempo la vida era más hermosa
Y el sol brillaba más que hoy.
Las hojas muertas se recogen con un rastrillo...
¿Ves? No lo he olvidado..
Las hojas muertas se recogen con un rastrillo
Los recuerdos y las penas, también.
Y el viento del norte se las lleva
En la noche fría del olvido
¿Ves? No he olvidado la canción que tú me cantabas.
Es una canción que nos acerca
Tú me amabas y yo te amaba
Vivíamos juntos
Tú, que me amabas, y yo, que te amaba...
Pero la vida separa a aquellos que se aman
Silenciosamente sin hacer ruido
Y el mar borra sobre la arena
El paso de los amantes que se separan.
Las hojas muertas se recogen con un rastrillo.
Los recuerdos y las penas, también.
Pero mi amor, silencioso y fiel
Siempre sonríe y le agradece a la vida.
Yo te amaba, y eras tan linda...
Cómo crees que podría olvidarte?
En aquel tiempo la vida era más hermosa
Y el sol brillaba más que hoy
Eras mi más dulce amiga,
Mas no tengo sino recuerdos
Y la canción que tú me cantabas,
¡Siempre, siempre la recordaré!

No tengo el valor para decirte que NO - 24/03/09

   Cada vez que me convenzo de que tengo que alejarme de vos y, pienso que puedo hacerlo, reaparecés con un gesto, una palabra, un mínimo detalle que hace que vuelva a perder esa fuerza que creía tener para olvidarte, para negar que existes.
  No puede ser que no tenga el valor para decirte que no, que no quiero verte, que no quiero que me hables, que no quiero que aparezcas con tus encantos, con tus mentiras que hacen que siempre caiga en tu boca y en todo tu cuerpo como si fuera la primera vez, como si no te conociera, como si no supiera que todo lo que hacés es jugar conmigo.
  Te aprovechás de mi debilidad, de mi adoración, de mi incondicionalidad y mi amor por vos. No logro poder decirte "basta" a pesar de saber que tengo que hacerlo.   Me cuesta estar sin vos aunque más no sea de esta sórdida e inconsecuente manera.
  Sigo siendo una crédula que siempre ve en tus ojos, en tus caricias, en tus palabras, en tus abrazos y en tus besos una cuota de verdad que me genera una pequeña esperanza. La esperanza de que algún día sientas la necesidad de estar conmigo de otra forma y me quieras la mitad de lo que te quiero yo.
 Y así siguen pasando los días y los meses... estando y no estando con vos, creyendo y no creyendo en vos, teniéndote y no.
 

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lunes, 25 de mayo de 2009

Joven escribiendo una carta - Gabriel Metsu - 1664

El dolor que vuestra ausencia me produce es tan grande que no hay pincel que pueda pintarlo, ni pluma que pueda retratarlo. [...] pensaba también que al apartarme de vuestros bellos ojos, podría alejar mi pasión.
[...] Todas las cosas que existen bajo el cielo están sujetas a cambio. Pero aunque haya cambiado de cielo, no he cambiado de voluntad. [...]Llevo una vida tan triste desde el día de mi partida que si hiciera un relato de ella a las almas mas insensibles, sin duda se apiadarían de mi. [...] Por más que busco consuelo en el trato con los amigos, no lo encuentro sino en la soledad. Si no estimase el original mas que todas las cosas del mundo, os rogaría humildemente que me diérais vuestro retrato. Ese bello cuerpo, el que con tanta dulzura se muestran las gracias, me ha parecido tan venerable que suspiro cada día tras su sombra.
Dichosa la zapatilla que recibe cada mañana el color de vuestro hermoso pie! Dichosos los guantes que acarician vuestras blancas manos!Como final de esta carta tendría, señora, la osadía de besar vuestras níveas manos, si no temiera fundirla con suspiros.

lunes, 20 de abril de 2009

Soñar con vos - 19/02/09

  Hoy soñé con vos y no puedo creer que el amor no resurgiera. Fue la promera vez que, después de tenerte en mis sueños, no desperté con lágrimas ni dolor.
  Esta vez fue distinto.
  Ya no sentí lo mismo.
  Ya no sentí ese amor que por vos antes me nacía.
  Igualmente, no pude evitar recordar por un segundo, lo hermoso que era tenerte a mi lado.
  Ya no te amo, pero cuánto lo hice.

domingo, 19 de abril de 2009

Desencuentro 14/01/09


  Hoy nos desencontramos por un mal entendido y lo peor es que sabía que no iba a encontrarte. Lo presentía. Lo suponía por la ausencia de señales.
  Me siento rídicula esperando, cada día de la vida, señales para saber lo que tengo que hacer con vos, y cuando no se me presentan igual trato de forjar el destino y alcanzarte de alguna manera.
  No debería haber tratado de cambiar el día de hoy. Me pregunto porqué lo hice. Ni siquiera sirvió para abrir tus ojos, mucho menos tu corazón, y hacerte ver que estoy dispuesta a todo por vos, que no me interesa cuán ocupado estés... sé todo y no me importa. Sé de tus enojos sin razón, de tu histeria repentina... todo.
  No me siento mal, hice lo que sentí.
  ¿Cuándo abrirás tu corazón?
  Creo en las recompensas. Todo lo que te entrego no puede ser en vano.  Espero llegue el día en que te des cuenta que soy incondicional. Espero estar viva para disfrutar de ese día.

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Cada vez que te encuentro - 29/12/08

   Cada vez que por casualidad del destino nos encontrábamos, por mi corazón y por mi cuerpo recorrían una serie de sensaciones distintas. Ambos sentían esas ganas incontrolables de ir corriendo hasta tu lugar (porque siempre nos separaban, para mi, unos intemrinables metros) y tomarte la cara y gritarte, para que lo escuchen hasta tus ojos, que te quiero y que cada día extraño un poco mas tus besos, tus gestos, tu risa, tu voz, tu forma de andar, tu manera de ser ante todo y todos, todo lo que venga de vos.
Hasta que te encuentro y me animo a dar el primer paso (porque sé que vos nunca vas a darlo... antes creía que era por orgullo, después creí que preferías que lo hiciera yo para elimentar tu ego y, ahora, simplemente creo que podés seguir sin que demos ni un primer ni un segundo paso), hasta que logro vencer a mi razón y dedicarme a seguir mis sentimientos, no pasa mucho tiempo.
  Cuando de alguna forma logro recorrer esos metros, una ola de nervios pasan por mi corazón y mi cuerpo. Espero ansiosa tu respuesta, cualquier indicio que me indique que reaccionas positivamente, o a mi favor.
  Gracias al destino y a mis incontables promesas, logro tenerte nuevamente y ahí es cuando todo mi ser se llena de felicidad, de alegría... volver a sentirte es no perder las esperanzas de tenerte a mi lado por siempre y lograr tirar los obstáculos que la vida nos puso en el camino y que ambos tratamos una vez de derrumbarlos...
  Pero ese sentimiento de esperanza acababa rápidamente.
  Mientras mi corazón y mi cuerpo se sienten abatidos y podrían estar toda la vida así, besándote y tocándote, mi maldita mente empieza a funcionar y a pensar que no va a volver a haber otro momento igual, que es la última oportunidad que nos da la vida de armar un solo destino, que ya no vas a reaccionar a mi favor.
  Mientras te beso, me pregunto qué es lo que sentís vos, qué es lo que pensás. ¿Soy sólo la que disfruta del momento y a la vez siente que nunca mas va a ser igual nada?

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miércoles, 25 de marzo de 2009

Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; y en ocasión del secuestro de Aldo Moro, cuando un miembro de los servicios de seguridad le propuso al General Della Chiesa torturar a un detenido que parecía saber mucho, le respondió con palabras memorables: «Italia puede permitirse perder a Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura».

No fue de esta manera en nuestro país: a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos.

Nuestra Comisión no fue instituída para juzgar, pues para eso estan los jueces constitucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional. Pero, después de haber recibido varios miles de declaraciones y testimonios, de haber verificado o determinado la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y de acumular más de cincuenta mil páginas documentales, tenemos la certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje. Y, si bien debemos esperar de la justicia la palabra definitiva, no podemos callar ante lo que hemos oído, leído y registrado; todo lo cual va mucho más allá de lo que pueda considerarse como delictivo para alcanzar la tenebrosa categoría de los crímenes de lesa humanidad. Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimientos y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.

Son muchísimos los pronunciamientos sobre los sagrados derechos de la persona a través de la historia y, en nuestro tiempo, desde los que consagró la Revolución Francesa hasta los estipulados en las Cartas Universales de Derechos Humanos y en las grandes encíclicas de este siglo. Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria.

De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio. ¿Cómo no atribuirlo a una metodología del terror planificada por los altos mandos? ¿Cómo podrían haber sido cometidos por perversos que actuaban por su sola cuenta bajo un régimen rigurosamente militar, con todos los poderes y medios de información que esto supone? ¿Cómo puede hablarse de «excesos individuales»? De nuestra información surge que esta tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores. Si nuestras inferencias no bastaran, ahí están las palabras de despedida pronunciadas en la Junta Interamericana de Defensa por el jefe de la delegación argentina, General Santiago Omar Riveros, el 24 de enero de 1980: «Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores» . Así, cuando ante el clamor universal por los horrores perpetrados, miembros de la Junta Militar deploraban los «excesos de la represión, inevitables en una guerra sucia» , revelaban una hipócrita tentativa de descargar sobre subalternos independientes los espantos planificados.

Los operativos de secuestro manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados, otras en plena calle y a la luz del día, mediante procedimientos ostensibles de las fuerzas de seguridad que ordenaban «zona libre» a las comisarías correspondientes.

Cuando la víctima era buscada de noche en su propia casa, comandos armados rodeaban la manzanas y entraban por la fuerza, aterrorizaban a padres y niños, a menudo amordazándolos y obligándolos a presenciar los hechos, se apoderaban de la persona buscada, la golpeaban brutalmente, la encapuchaban y finalmente la arrastraban a los autos o camiones, mientras el resto de comando casi siempre destruía o robaba lo que era transportable. De ahí se partía hacia el antro en cuya puerta podía haber inscriptas las mismas palabras que Dante leyó en los portales del infierno: «Abandonad toda esperanza, los que entrais».De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos. Palabra - ¡triste privilegio argentino! - que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo.Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a estos interrogantes: las autoridades no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inutiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.

En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: «Por algo será», se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpable de nada; porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epiteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por calificaciones como «marxismo-leninismo», «apátridas» , «materialistas y ateos» , «enemigos de los valores occidentales y cristianos» , todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas-miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esosamigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores.Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino que conservaban atributos de la criatura humana: la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su mujer, la infinita verguenza por la violación en público; seres no sólo poseídos por esa infinita angustia y ese supremo pavor, sino, y quizás por eso mismo, guardando en algún rincón de su alma alguna descabellada esperanza.

De estos desamparados, muchos de ellos apenas adolescentes, de estos abandonados por el mundo hemos podido constatar cerca de nueve mil. Pero tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta, porque muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aun vacilan, por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal.Con tristeza, con dolor hemos cumplido la misión que nos encomendó en su momento el Presidente Constitucional de la República. Esa labor fue muy ardua, porque debimos recomponer un tenebrosos rompecabezas, después de muchos años de producidos los hechos, cuando se han borrado liberadamente todos los rastros, se ha quemado toda documentación y hasta se han demolido edificios.

Hemos tenido que basarnos, pues, en las denuncias de los familiares, en las declaraciones de aquellos que pudieron salir del infierno y aun en los testimonios de represores que por oscuras motivaciones se acercaron a nosotros para decir lo que sabían.En el curso de nuestras indagaciones fuimos insultados y amenazados por los que cometieron los crímenes, quienes lejos de arrepentirse, vuelven a repetir las consabidas razones de «la guerra sucia» , de la salvación de la patria y de sus valores occidentales y cristianos, valores que precisamente fueron arrastrados por ellos entre los muros sangrientos de los antros de represión. Y nos acusan de no propiciar la reconciliación nacional, de activar los odios y resentimientos, de impedir el olvido. Pero no es así: no estamos movidos por el resentimiento ni por el espíritu de venganza; sólo pedimos la verdad y la justicia, tal como por otra parte las han pedido las iglesias de distintas confesiones, entendiendo que no podrá haber reconciliación sino después del arrepentimiento de los culpables y de una justicia que se fundamente en la verdad. Porque, si no, debería echarse por tierra la trascendente misión que el poder judicial tiene en toda comunidad civilizada. Verdad y justicia, por otra parte, que permitirán vivir con honor a los hombres de las fuerzas armadas que son inocentes y que, de no procederse así, correrían el riesgo de ser ensuciados por una incriminación global e injusta. Verdad y justicia que permitirán a esas fuerzas considerarse como auténticas herederas de aquellos ejércitos que, con tanta heroicidad como pobreza, llevaron la libertad a medio continente.

Se nos ha acusado, en fin, de denunciar sólo una parte de los hechos sangrientos que sufrió nuestra nación en los últimos tiempos, silenciando los que cometió el terrorismo que precedió a marzo de 1976, y hasta, de alguna manera, hacer de ellos una tortuosa exaltación. Por el contrario, nuestra Comisión ha repudiado siempre aquel terror, y lo repetimos una vez más en estas mismas páginas. Nuestra misión no era la de investigar sus crimenes sino estrictamente la suerte corrida por los desaparecidos, cualesquiera que fueran, proviniesen de uno o de otro lado de la violencia. Los familiares de las víctimas del terrorismo anterior no lo hicieron, seguramente, porque ese terror produjo muertes, no desaparecidos. Por lo demás el pueblo argentino ha podido escuchar y ver cantidad de programas televisivos, y leer infinidad de artículos en diarios y revistas, además de un libro entero publicado por el gobierno militar, que enumeraron, describieron y condenaron minuciosamente los hechos de aquel terrorismo.

Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Unicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado.